Nunca había visto el mar así.
El cielo estaba cubierto de negros nubarrones y las gotas de lluvia golpeaban la inestable superficie de esa enorme masa de agua salada.
Llovía sobre mojado.
Acostumbrada a ver el mar en calma de los días de verano, con los rayos de sol aclarando las aguas y tiñéndolas de una hermosa tonalidad turquesa, sentí un ápice de temor al verlo así: oscuro; casi negro. Revuelto; mortecino y al mismo tiempo repleto de vida. Más inmenso que nunca. Y más peligroso.
Nunca hasta ese momento había sido consciente de su peligrosidad, de su falsa calma que en un breve instante puede convertirse en una gigantesca ola embravecida y furiosa, que te atrapa, absorbe, engulle... ahoga.
¿Es quizá el mar un lobo con piel de cordero? Deja que nos confiemos, nos ciega con su belleza y lo enigmático de sentirlo infinito. Pero cuando menos lo esperas, puede engullirte para siempre.
Entre sus aguas navegan las almas errantes de quienes en perecido en ellas.
Pero pese a todo, lo seguimos amando. El mar sigue atrayéndonos como un imán. Seguimos necesitando respirar su aroma y sentir en nuestra piel la frescura de sus aguas y la calidez de su brisa.
Quienes hemos nacido en su orilla, sentimos correr por nuestras venas el agua salada y cada vez que nos alejamos, sólo soñamos con volver a escuchar el rompimiento de las olas al morir en la arena.
Nos da la vida, al mismo tiempo que tiene el poder de quitárnosla; es el Dios de los que han perdido la fe.
Ese negro día de tormenta, el mar me dio miedo.
Y sin embargo, nunca me pareció tan bello.