viernes, 9 de noviembre de 2012

Tormenta en el mar

Nunca había visto el mar así.
El cielo estaba cubierto de negros nubarrones y las gotas de lluvia golpeaban la inestable superficie de esa enorme masa de agua salada.
Llovía sobre mojado.

Acostumbrada a ver el mar en calma de los días de verano, con los rayos de sol aclarando las aguas y tiñéndolas de una hermosa tonalidad turquesa, sentí un ápice de temor al verlo así: oscuro; casi negro. Revuelto; mortecino y al mismo tiempo repleto de vida. Más inmenso que nunca. Y más peligroso.

Nunca hasta ese momento había sido consciente de su peligrosidad, de su falsa calma que en un breve instante puede convertirse en una gigantesca ola embravecida y furiosa, que te atrapa, absorbe, engulle... ahoga.

¿Es quizá el mar un lobo con piel de cordero? Deja que nos confiemos, nos ciega con su belleza y lo enigmático de sentirlo infinito. Pero cuando menos lo esperas, puede engullirte para siempre.

Entre sus aguas navegan las almas errantes de quienes en perecido en ellas.

Pero pese a todo, lo seguimos amando. El mar sigue atrayéndonos como un imán. Seguimos necesitando respirar su aroma y sentir en nuestra piel la frescura de sus aguas y la calidez de su brisa.

Quienes hemos nacido en su orilla, sentimos correr por nuestras venas el agua salada y cada vez que nos alejamos, sólo soñamos con volver a escuchar el rompimiento de las olas al morir en la arena.

Nos da la vida, al mismo tiempo que tiene el poder de quitárnosla; es el Dios de los que han perdido la fe.

Ese negro día de tormenta, el mar me dio miedo.
Y sin embargo, nunca me pareció tan bello.

1 comentario :

  1. He estado a punto de compartirla por facebook pero temi que no quisieras que estuviera en Facebook, es lo mas bonito que he leido en mucho tiempo me ha parecido realmente emocionante espero que si lo has escrito tu jamas me vuelvas a decir que dudas de tu calidad para escribir :)

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